RELATO CORTO: "El proceso de selección"

Era una mañana fría de Octubre. Arturo Puig se recostó en su nuevo sillón de directivo mientras revisaba su correo electrónico. Desde los amplios ventanales de su altísimo despacho divisaba a los atareados ejecutivos encorbatados que con paso apretado intentaban escapar de la lluvia y adentrarse en los soportales de la zona de Azca.

Los veía diminutos, casi como hormigas a sus pies, y así le gustaba tratarlos. En su pantalla de ordenador aparecía el resumen de las llamadas recibidas que le había pasado su secretaria.

– ¡Vaya, ha llamado de nuevo Enrique Alonso! – pensó.

Por supuesto, ni iba a responder, ni iba a encargar a nadie que lo hiciera en su nombre. No importaba el hecho de que hubieran comido juntos numerosas veces, ni que Enrique hubiera trabajado por la noche y muchos fines de semana para ayudarle a salir airoso de las peticiones urgentes de su jefe.

Arturo siempre había trabajado en empresas grandes, y nunca en un puesto con impacto a corto plazo en la cuenta de resultados. Había conseguido llegar muy alto a base de manipular a sus empleados y proveedores. En eso era un maestro. En cuanto revisara las llamadas, abriría la última propuesta técnica que había recibido de Julián Villanueva, de la firma Estrategia Empresarial, y con un rápido proceso de cortar y pegar, la presentaría a su jefe como una iniciativa suya. Quizá de esa forma pudiera conseguir el ascenso que llevaba tiempo buscando. Porque a Arturo no sólo le gustaba la sensación de poder, el dinero era por encima de todo lo que más le interesaba.

Por eso, a pesar de que ignoraba sistemáticamente las llamadas de su teléfono móvil cuando la pantalla le mostraba el nombre de un proveedor, no podía evitar cogerlo cuando aparecía un número oculto. “Los headhunters siempre llaman con el número oculto”, pensaba. Y aquella mañana recibió una llamada interesante:

– Buenos días, ¿el señor Puig? – preguntó una voz con un ligero acento extranjero.

– Soy yo – respondió.

Aquel hombre se identificó como James Withey, de la firma Spencer Maines Executive Search. Le habló de un puesto, con una excelente remuneración y opciones sobre acciones. El potencial empleador era confidencial pero buscaban a un representante en España capaz de manejar grandes presupuestos, para supervisar las inversiones de un fuerte grupo en España. Arturo no dudó en aceptar una cita con James en el hotel Ritz.

James vestía un elegante traje a medida hecho en Savile Row. Llevaba una cuidadísima barba que no desentonaba con la pulcritud de sus zapatos italianos, su maletín de Prada y la presentación excelentemente diseñada e impresa de su empresa de selección. La entrevista fue muy cordial, aunque intensa, y parte la hicieron en inglés. En ella, James, una vez convencido de la valía de Arturo reveló el nombre de su cliente. Representaba a Emirates Investment Initiatives, un consorcio árabe dispuesto a diversificar la riqueza conseguida con la explotación de sus negocios petrolíferos.

Arturo salió muy contento de la entrevista. Aunque su inglés era mediocre, se manejaría bien con los árabes. Al fin y al cabo, según James su acento era parecido al de sus clientes.

Cuando llegó a su despacho, Arturo estuvo consultando la Web del consorcio árabe. Quedó impresionado de sus inversiones en Panamá y México. El edificio Azteca, más que una torre, era un delirio vertical. El diseño era espectacular, y se asomaba al pacífico con la gallardía del que se sabe el amo del mundo.

Arturo estuvo muy descentrado toda la semana, ya que a pesar de llevar 17 años en su empresa, la idea de gestionar tamañas inversiones, amparado en un contrato blindado y con unos jefes a miles de kilómetros le seducía. Unos días después, cuando su móvil sonó mostrando una llamada con número oculto, su corazón dio un respingo. Respiró profundamente tres veces antes de coger. “No debo parecer ansioso”, pensaba. Era James de nuevo. Llamaba para fijar la entrevista definitiva. Un familiar del Emir llamado Ben Kilash Ezabi, llegaría a Madrid la semana siguiente, y quería conocerle.

Arturo se aseguró de tener buen aspecto esa mañana. Había comprado un traje y zapatos nuevos. Llevaba puesto su mejor reloj, un Vacheron Constantin que había servido de peaje para que agilizara unas facturas de sistemas informáticos que él mismo se había encargado de bloquear. El ejecutivo árabe iba vestido a la europea. Mantuvieron una reunión de una hora en la que el árabe demostró saber bastante de tecnología, urbanismo y legislación. Arturo se defendió como pudo, pero tras la reunión recibió una llamada tranquilizadora de James. La respuesta definitiva sería dentro de una semana, lógicamente había otros candidatos.

Cuando Arturo recibió de nuevo la llamada de James comunicándole que era el candidato preferido, no cabía en sí de gozo. Sólo quedaba negociar la oferta, pero el dinero no parecía ser un problema. Sabía que no iba a ser posible conseguir una indemnización de su actual empresa si se marchaba de forma voluntaria, y los árabes no tenían tiempo para esperar a que él forzara un despido. Esas cosas llevan su tiempo, pero utilizaría su antigüedad en la empresa para conseguir un mejor blindaje.

La carta que recibió en su domicilio disipó cualquier duda. Un millón y medio de Euros anuales, más gastos de representación y coche de empresa con conductor a su servicio. Arturo empleó sus mejores artes de jugador de póquer para negociar el blindaje. Tras un par de días de fingir inseguridad, consiguió su objetivo. Una carta confirmando las condiciones y la protección que buscaba ante un posible despido.

La fecha de incorporación a la oficina en Madrid que los árabes, con la ayuda de la empresa de James se encargarían de preparar, sería el 10 de Enero. Lo único que sentía era que su puesto sin duda se lo quedaría el gris de Antón Lozano, que tras 25 años en la empresa estaba bien considerado, y que iba a ser prejubilado, ya que debían aligerar estructura.

Todo ocurrió como estaba previsto. Cuando Arturo presentó su carta de dimisión, renunciando a todos sus derechos adquiridos, nadie se lo esperaba. Antón Lozano y su familia se llevaron una gran alegría, ya que la prejubilación, de producirse, sería en unas circunstancias mucho mejores que las que hubiera tenido sin su nuevo rango de Director General. Arturo aprovechó para tomarse un mes de vacaciones antes de comenzar su nueva etapa.

El 10 de Enero amaneció gris y triste. Pero Arturo estaba exultante. Desde que en Maldivas recibió un SMS de James con la dirección de la nueva oficina había estado demasiado tranquilo. Recorrió con paso decidido la calle Serrano, y cuando llegó al portal del 44, se dirigió al portero:

– Buenos días, vengo a la oficina de Emirates Investment Initiatives – exclamó con voz arrogante.

– ¿Dónde dice?

– ¡E-mi-ra-tes In-vest-ment I-ni-tia-ti-ves! – recalcó Arturo

– Lo siento, aquí no hay ningún piso de estos señores – replicó el portero.

Subió las escaleras de dos en dos. Al llegar al cuarto derecha, encontró una puerta cerrada a cal y canto. Se palpó el pecho y sacó su teléfono móvil. Llamó al móvil de Ben Kilash Ezabi. “El número que usted ha marcado no corresponde a ningún abonado”, escuchó.
Rápidamente marcó el de James. Tu-tu-tu. Silencio. Número inactivo.
Salió del portal y se dirigió a un ciber-café que había cerca. Tecleó la URL de la Web de su nueva empresa. En ella sólo encontró una animación en flash que le mostraba un feo culo en pompa, con la música de “Inocente Inocente”.

A pocas manzanas de allí Enrique Alonso y Julián Villanueva brindaban con Moët Chandon, recordando la idea de éste último de contratar a unos actores marroquíes recién salidos de la escuela de arte dramático y cómo les hicieron creer que trabajarían para un experimento sociológico. “¡El diseño de los folletos y las Webs tampoco estuvo mal!”, decía Enrique. “¿Y qué te parece como usé el diseño de la nueva Torre Trump para el falso edificio Azteca?” decía Julián.

– Bueno, la bromita nos ha salido por algo más de 6.000 euros -, comentó Enrique.

– Ya, pero eso es menos de lo que nos costó el Vacheron, replicó Julián carcajeándose.

FIN

×

Comments are closed.