El réquiem de Mozart y lo que nos enseña sobre marcas

Tras un periodo demasiado largo sin actualizar el blog, por culpa del siempre bienvenido trabajo vuelvo a la carga para intentar escribir algo interesante y sacar de ello alguna conclusión relacionada con nuestra actividad.
Y hoy me voy a atrever a escribir sobre una de las obras musicales que más me gusta y sobre algunos aspectos no muy conocidos de la misma que la hacen en mi opinión aún más interesante: el réquiem de Mozart. Por supuesto, no soy ningún experto en música y lo que escribo lo hago basándome en cosas que he leído y en las enseñanzas de mi maestro José María Álvarez.
 
Mozart escribió su réquiem en 1791 por el encargo del conde Franz Von Wallsegg, un músico aficionado que había enviudado y quería que se interpretara en un funeral por su esposa, haciendo creer que era suyo. Por eso envió a un misterioso hombre (se cree que fue al músico Franz Anton Leitbeg) a realizar el encargo manteniendo el anonimato. Lo que relata la película Amadeus (excelente por otra parte) es una fantasía basada en una obra de teatro de Peter Shaffer.
Enseñanza 1: La mala costumbre de contratar profesionales brillantes para presentar sus ideas como propias no es algo nuevo.  En estos tiempos la cosa se ha pervertido aún más en la modalidad “concurso de ideas”.
Mozart murió antes de terminar su réquiem. Se dice que consumido por su enfermedad llegó a creer que era para su propio funeral. Es de destacar la ausencia de flautas y oboes, lo más brillante de una orquesta, para lograr una atmósfera apropiada. Llegó a completar tan sólo el Introitus, aunque dejó información suficiente para reconstruirlo siendo lo más completo la parte coral. Es muy interesante que en el Kyrie, un músico tan genial como Mozart utilice varios compases de El Mesías de Handel con el “tema de la cruz” del número “And with his stripes”. No fue por falta de imaginación. Es una forma de decir: “Ya que por tus llagas nos salvaste, Señor, ten piedad”.
Mozart terminó por completo la parte coral de los movimientos del 1 al 10 (ver detalles en la tabla) y dejó anotaciones para su discípulo Franz Xavier Süssmayr, al que seguramente también dejó indicaciones verbales.  Su viuda Constanz que no quería perder el dinero del encargo quiso acabar la obra en secreto y entregarla como terminada por Mozart, y le encargó a sus discípulos que la terminasen. Y eso hicieron. Por ejemplo el Lux aeterna y el Cum sanctis tuis son repeticiones de música anterior con otro texto, intentando dar coherencia a la obra.
Constanz sabía que el valor de la marca Mozart era mucho mayor que el de la marca Süssmayr y no quiso perderlo. ¿Cuánto le hubiese pagado el conde por una obra terminada por un alumno?
Enseñanza 2: Un mismo servicio o producto presentado bajo una marca fuerte tiene más valor económico.
Antes de entregar el réquiem al conde, Constanz lo copió, violando los términos del contrato. Menos mal que lo hizo porque si no, el conde hubiese quedado muy bien delante de sus amigos pero seguramente hoy no disfrutaríamos de la obra, que hubiese quedado en el olvido como si fuese el Aserejé.
Si vemos la tabla adjunta, vemos que movimientos como el Sanctus son íntegramente de Süssmayr “sólo o en compañía de otros”. Aún así, la obra es magnífica pues la mano de Mozart está presente en la mayor parte de ella.
 
Mozart en el réquiem es una potente marca ingrediente y de la misma forma que “Gore Tex” o “Intel Inside” proporcionan valor a los productos que los contienen, el genio de Mozart da un enorme valor a la obra.
Enseñanza 3: El poder de una “marca ingrediente”.
El trabajo de Süssmayr en el réquiem ha sido criticado. La polémica contra él comenzó ya en 1825 y se ha cuestionado su concepción de la gramática musical, la orquestación y sobre todo la falta de coherencia global en sus obras, como un músico que componía los movimientos de manera individual sin pensar en la obra como un todo.
 
Mozart murió cuando llevaba escritos 8 compases del Lacrimosa. Del trabajo de Süssmayr lo más llamativo es que Mozart dejó escrito un boceto porque deseaba una fuga como “amén” al final del Lacrimosa, cosa que es coherente con la costumbre de la época de terminar cada sección principal con una fuga. No hace falta saber música para notar que el Lacrimosa “termina de forma un poco rara”, y que el amén final es una especie de parche de última hora. Süssmayr y sus colegas no quisieron o no se atrevieron a hacerlo.
Enseñanza 4: Un trabajo discutible se convierte para la mayoría en un buen trabajo bajo una marca fuerte.
En 1994 Robert D. Levin presentó una versión que tiene en cuenta a Süssmayr y que incluye una fuga basada en esos bocetos, que es magnífica. Además incluye un final del Sanctus muy brillante. Esta versión es muy poco conocida y sin embargo es de un interés indudable. Lógicamente, con más información y fuentes en las que inspirarse se pueden hacer incluso mejores trabajos pero Süssmayr lleva 200 años de ventaja.
Enseñanza 5: Construir una marca lleva tiempo.
Para comparar estos detalles de ambas versiones, ver estos enlaces:
Lacrimosa (versión Süssmayr)
Lacrimosa + Fuga Amén (Versión Levin, Los impacientes pueden ir al min. 5:00)
Sanctus (versión Süssmayr)
Sanctus (versión Levin, lástima que no es una buena grabación)

3 Responses to “El réquiem de Mozart y lo que nos enseña sobre marcas”

  1. Organum

    Excelente artículo. Si se trata de añadir prestigio a una marca añadiéndole el de otra, aquí cabría citar -entre otros- el caso de Mozart incluyendo música de otros en sus óperas. Al menos eso pasó con Don Juan:
    Martín y Soler fue un compositor español, nacido en Valencia, que se hizo muy famoso en la Viena de Mozart. Su ópera ‘Una cosa rara’ se representó más de 50 veces en unos pocos años. Una de las melodías del del primer acto fue usada por Mozart en el segundo acto de su ‘Don Giovanni’, en la escena del banquete. Estos préstamos eran frecuentes y -por supuesto- se escogían fragmentos de calidad.
    Saludos
    Federico Soria E.

  2. Organum

    He leído algunos artículos (de la Internet, que así pierdo menos tiempo entre los libros) y veo que aprovecharse de una marca prestigiosa lleva, en ocasiones, al desastre y el ridículo. Barry Cooper realizó una sinfonía completa a partir de unos esbozos escritos por Beethoven y encontrados tras su muerte. Según Cooper, el resultado se debe titular “Décima sinfonía de Beethoven, arreglada y completada por Barry Cooper”. En una conferencia dada en España en los años 80, fue justamente criticado y dejado a las patas de los caballos. Expertos musicólogos le dejaron claro que “eso” era una obra que no tenía nada de Beethoven, que se quería adornar con plumas ajenas y que le podría llamar ‘Sinfonía’ si quería, pero dejando totalmente aparte al músico de Bonn. Fue entonces interpretada varias veces, aunque su desprestigio siguió. Pero da igual, él ya es citado en algunos libros y/o artículos sobre música como casi el epígono de Beethoven, a quien ayudó a terminar su Décima Sinfonía. La petulancia y el despropósito llevan al mayor de los ridículos. Pero él dirá que “ande yo caliente…”.

    Creo que esta historieta puede tener cabida aquí como antítesis del poder de atracción del público hacia una marca nueva apoyándose en el prestigio de una ya ampliamente reconocida.
    Saludos
    Federico

  3. belart

    Con permiso, y sólo con el ánimo de aportar: Enseñanza 6: a la sombra de una marca fuerte, se acogen otras que le siguen. “Quien a buen árbol se arrima”…(i-Pod, i-Phone, i-Pad…)”. Para seguir con el símil musical de Mozart, Salieri estaría más olvidado que el Aserejé si no se hubiera cruzado en la vida del genio y sido su eterno rival, aunque a larga distancia de él intentando imitarle. Una marca de tercera a un precio de tercera. Sólo una marca fuerte puede llegar a ser una marca líder.

    Saludos,

    Albert Culleré

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